Rumbo a la paz

Rumbo a la paz

Por Clara López Obregón / El Tiempo

El logro de la paz es de interés estratégico para cualquier pueblo, y más para uno como el nuestro.

Colombia se acerca al final del conflicto armado en medio de la polarización y la exacerbación de las diferencias. No hemos encontrado un relato común porque el conflicto se ha vivido desde el enfrentamiento, el señalamiento, la estigmatización y la total falta de respeto por el otro y la otra. El odio ha reemplazado la solidaridad humana, y la venganza ha tomado el lugar de la misericordia, que, al decir de Porcia en ‘El mercader de Venecia’, es doblemente bendita porque bendice tanto al que la da como al que la recibe.

La memoria histórica hoy cumple el invaluable papel de permitir la construcción del ‘nunca más’, de la ‘no repetición’, pero falta construir una lectura compartida del pasado. Encontrar la versión de la historia que nos una tomará tiempo. Por ahora, los textos de las distintas visiones elaborados por la comisión de expertos convocada por la mesa de La Habana terminaron en publicaciones separadas.

Lo que nos debe unir es un relato de futuro. Un futuro dialogado en la diferencia. Un futuro que dibuje la corrección de nuestros errores. Un futuro de compromiso con el respeto de la vida en todas sus manifestaciones: el ser humano, los animales, la naturaleza. Un futuro de democracia plena para superar las desigualdades injustas, la inequidad perenne. Para construir ese relato compartido, se hace necesario rastrear hoy aquello que nos acerca, en vez de concentrar la deliberación pública en aquello que nos separa.

El rigor y la costumbre de la guerra nos han hecho insensibles a las bondades de la paz. Hasta hay quienes minimizan los diálogos de paz y los tratan como algo secundario, incluso sin trascendencia. Otros todavía piensan que la guerra es más barata que la paz. Hasta dificultades tenemos en el lenguaje para reemplazar los imaginarios, los símiles y las metáforas de los guerreros para referirnos a las actividades de la convivencia y la democracia: comando, campaña, conquista, victoria, derrota, trinchera y demás.

Pero el logro de la paz es de interés estratégico para cualquier pueblo, y más para uno como el nuestro, que ha sufrido una guerra tras otra. Guerras que han servido para el despojo de los vencidos, desde las primeras del siglo 19 que llevaron a la Constitución a prohibir por primera vez la pena de exilio y la confiscación de sus bienes. Pero de vencidos han sido las sucesivas olas de desplazados por la violencia de uno y otro bando que han hecho de Colombia un país de ciudades grandes y desequilibradas.

Por encima de las diferencias sobre el modelo económico o el modelo de justicia, debe abrirse paso la capacidad de dibujar un posconflicto en el que la violencia quede proscrita como herramienta para hacer política, donde pueda superarse el déficit de democracia y la deliberación en la diferencia abra los espacios para el cambio pacífico. Para ello es imprescindible concretar los acuerdos de La Habana, abrir los diálogos formales con el Eln, legitimar la paz con amplias mayorías en el plebiscito y rodear la implementación de los acuerdos con garantías para todas las víctimas, pero también para los insurgentes que dejan las armas.

El desafío de esta paz que tenemos a la mano exige audacia. Cada cual debe atreverse a cruzar la línea que lo separa de sus conciudadanos para darles la mano, entender sus razones sin necesidad de compartir sus puntos de vista y caminar a su lado, sin pretensiones de superioridad moral, ideológica o social. Ese es el camino llano rumbo a la paz.

CLARA LÓPEZ OBREGÓN

Ministra del Trabajo

El Tiempo, Bogotá.