La historia de una mujer que soportó 26 años la violencia de su marido

La historia de una mujer que soportó 26 años la violencia de su marido

Por Yolanda Gómez T. / El Tiempo  

Durante 20 años la mujer acudió sin éxito ante varias autoridades para detener el abuso.

El día en que recibió una puñalada en el cuello de su pareja, Alicia * llevaba 26 años soportando golpes, insultos y amenazas, y 20 intentando que alguna institución del Estado la protegiera.

Tenía 8 años cuando conoció a su futuro marido, un niño de 13. Era el hijo de la dueña de la casa a donde sus padres la llevaron a vivir, en un cuarto, a ella y a sus cinco hermanos. Cuando cumplió 14, él le propuso que fueran novios.

No quiero tener novio, yo quiero estudiar y trabajar”, le respondió.

Él siguió insistiendo y ella negándose, hasta cuando, en una ‘tomata’, el suegro le dio al muchacho el aval de ennoviarse con la niña. Ella aceptó sin chistar: su padre lo había decidido. En su casa se ejercía el silencio, excepto cuando los padres se enfrentaban a gritos, se recriminaban y se insultaban. Desde ese día, él, que ya tenía 21 años, le decía qué hacer, y ella obedecía. A él y a su suegra. (Lea también: Mujeres que no han ido a la morgue, pero viven al borde de la muerte)

Alicia no recuerda que el muchacho le gustara. Le tenía miedo, porque bebía tanto como su papá. En su casa los hombres decidían y las mujeres obedecían, y callaban, para que ellos no se molestaran.

“En el mundo de mi suegra, y en el de mi mamá, el hombre sale y hace lo que quiera y la mujer hace lo que le dicen”.

Él fue quien decidió que tuvieran un hijo, cuando todavía ni siquiera estaban conviviendo. Ella acababa de terminar quinto de primaria.

“Lo único que le pido es que me deje seguir estudiando”, propuso ella. “Claro que sí”, le prometió él. Alicia vio que era su salvavidas y el de su familia, pues empezó a colaborarle económicamente.

La primera golpiza

A los 16 tuvieron una niña. A los 17, él le propinó la primera paliza.

Me pegaba porque le llevaba el tinto tibio, porque se lo llevaba con poco o con mucho dulce”, recuerda. Le tiraba las cosas, le jalaba el pelo, le daba cachetadas, puños y patadas. “Usted no sirve para nada; toca darle duro, porque a la mujer si no se le da duro no aprende”, gritaba.

El sábado era el peor día. Él, maestro de la construcción, se emborrachaba y llegaba a la casa con el inventario de faltas que, según él, ella había cometido durante la semana: la camisa mal planchada, el arroz que le quedó sin sal, la niña que se cayó y lloraba.

Se volvió mi papá. Por todo me cobraba y me dejaba negros en las piernas y en los brazos por los golpes”.

Cuando tenía tres meses de embarazo de su segundo hijo, le pegó una cachetada y la zarandeó por no pararse a servirle un tinto tan pronto como llegó del trabajo. Ella se lo llevó enseguida, pero del susto no dejó que se calentara bien. Entonces, le tiró encima el pocillo y empezó a perseguirla hasta que la alcanzó en la cama, donde intentó refugiarse, y la empujó al suelo.“Me mató y mató a su hijo”, gritó ella que no se podía levantar del piso del dolor.

Ese día, una vecina llegó en su ayuda, y él tuvo que llevarla al médico, a quien le contó que su marido le había pegado. No pasó nada, solo un llamado de atención cuando el marido golpeador explicó que le había dado mal genio.

Después de salir del hospital, Alicia se fue a donde su mamá, que la recibió por ocho días. Pero después le dijo que no quería problemas con el yerno.

No le dé motivos para pegarle, no le saque el mal genio”, recomendó. “Es que yo no le saco el mal genio, él se va a trabajar, se va tranquilo y llega alterado. Yo no sé qué será”, le dijo.

En 1995, lo denunció por primera vez. Un día él llegó borracho y la cogió a patadas porque no le sirvió la comida. Eran las 10 p. m. de un sábado y ella le daba pecho al niño menor. “¿Es que no se va a parar a darme la comida?”, gritó, mientras la cogió de la ropa debajo de las cobijas y la tiró al piso.

Después de calentarle la comida, y aprovechando que él se quedó mirando televisión, ella tomó a la niña de 3 años y se fue a denunciarlo, todavía con la cara cubierta de sangre por una cachetada. Un policía la acompañó de vuelta a la casa y cuando preguntó dónde estaba el señor que le estaba pegando a la esposa, él salió con el bebé en brazos, y sin inmutarse le preguntó: “Mi amor, ¿qué haces en la calle, qué te paso?”.

La dejaba con candado

El episodio terminó con la recomendación de una funcionaria para que el señor se calmara antes de llegar a la casa, y con un compromiso de él de no volverla a golpear. A los tres meses le volvió a pegar. “Ahí empezó a dejarme con candado, me pegaba y para que no saliera a denunciar me encerraba”.

Cuando cumplió 25 años, Alicia se puso en la tarea de conseguir plata para validar el bachillerato a escondidas. Algunas mujeres del barrio la recomendaron para lavar ropas ajenas dos o tres horas al día. “Apenas él se iba, yo me arreglaba y me iba con los niños. Él no se enteraba porque yo hacía rapidito el trabajo, y volvía y me ponía la ropa de la casa”.

Cuando estaba a punto de terminar noveno se arriesgó a contarle, por consejo de sus profesores, y porque no tenía plata para los derechos de grado. “Estoy estudiando”, le contó, y empezó a mostrarle las cartillas.

Las mujeres que estudian son unas cualquiera”, le dijo mientras le rompía las cartillas y le recitaba su diccionario de palabras soeces.

“Por allá no vuelve”, sentenció, y ella empezó a llorar. “Me dijo que si yo lo seguía haciendo me iba a matar. Ahí fue cuando me amenazó la primera vez”.

Días después, Alicia logró que sus profesores hablaran con su marido y él, para no quedar en evidencia, aceptó dejarla estudiar, y cambió su forma de controlarla. Así logró validar décimo y once y terminar el bachillerato, mientras él le controlaba los horarios y le medía los minutos.

A cambio de dejarla estudiar, ella aceptó tener otro hijo y después nació el cuarto, pero el contacto con los libros empezó a generar una revolución interna en ella, que empezó a estudiar Enfermería, sin contarle.

En el 2001, lo volvió a denunciar, esta vez ante una comisaría.

Estaba terminando Enfermería, cuando en el instituto la citaron a entrevista para las pasantías: tenía que ir bien arreglada y no contestar el celular. Treinta llamadas perdidas de su marido fueron el anuncio de la tormenta. Cuando regresó a la casa ya la estaba esperando, y cuando la vio vestida de falda y bien arreglada, se le fue encima con improperios. “Pero si yo no estaba haciendo nada malo”, le gritó Alicia, mientras le lanzó un tazón con loza que tenía en el lavadero. “Haga lo que se le dé la gana”, lo increpó. “Ya no aguanto más”.

“Pero si llegó muy alzada…”, vociferó él y empezó pegarles con un palo a ella y al hijo de 17 años que intercedió para defenderla. El muchacho salió con la mano lastimada y el padre, con la cara moreteada por los golpes que recibió.

Al día siguiente, en una comisaría de familia, a él le dieron la orden de no volverse a meter con su esposa ni con los niños. “Vengan en un mes”, les dijo la funcionaria y Alicia alcanzó a imaginar lo que serían treinta días al lado de su marido, ahora que lo había vuelto a denunciar.

Algo pasó en la comisaría, porque los citaron a los diez días, y aunque él rompió la primera citación que llegó a la casa sin que su mujer se enterara, los funcionarios llamaron por teléfono y les advirtieron que tenían que asistir. Al marido le dieron un ultimátum para abandonar la casa y le concedieron los dos meses de plazo que pidió.

Mientras se cumplía el plazo, los remitieron a la Defensoría del Pueblo para tramitar la separación. “La abogada que nos asignaron llamó por teléfono a la casa y él contestó”. Alicia lo oyó quejarse de que era un buen marido, que nunca había dejado a sus hijos sin comer y que no podía vivir sin ella. “Si ella se va yo me mato”, dijo al teléfono.

El golpe de la Defensoría

El día en que fueron a la Defensoría para sellar la separación, Alicia recibió una sorpresa. “Yo no sé usted por qué pelea, yo he visto hombres que de verdad son unas porquerías, pero un esposo como este señor yo no sé dónde lo va a conseguir”, dijo la abogada. Alicia lloró una semana sin parar. Y al final tomó una decisión: “No más denuncias, pero eso sí, voy a seguir estudiando y voy a trabajar, gústele a quien le guste”.

En diciembre de ese año se graduó como auxiliar de enfermería y empezó a trabajar en servicio domiciliario. Él empezó a llamarla a los sitios donde trabajaba y a presionarla para saber con quién estaba. “Los dos no podemos seguir así”, le dijo ella. Pero el problema no paró y, para calmarse, Alicia aceptó la recomendación de una cuñada de asistir a un grupo religioso. Allí, ella y sus hijos menores recibieron terapia con la psicóloga.

En todo el proceso entendí que estaba viviendo una farsa”.

Entonces convenció a su marido de ir a consulta, pero después de tres sesiones, la profesional le dio su diagnóstico: “Él solo piensa que usted es un objeto que puede tener como se le dé la gana”. Y entonces, escuchó la recomendación más seria que le habían hecho hasta el momento: “Tiene que tener mucho cuidado, porque no la va a dejar, pase lo que pase no la va a dejar”.

El 31 de mayo del 2015 había completado un año y dos meses de trabajo, cuando su jefe la llamó. Su marido lo había llamado a hablarle mal de ella. No era la primera vez. “Se lo había advertido, Alicia, si él vuelve a llamar, lo mejor es que se busque otro trabajo”.

Cuando le reclamó por sabotearle el trabajo, comenzó a zarandearla y le echó candado. “Le toca denunciar”, le dijeron al día siguiente en el centro religioso, y la acompañó una funcionaria de la Secretaría de la Mujer. Por tercera vez acudía a la justicia. (Lea aquí: Cada día, 171 mujeres son víctimas de maltrato intrafamiliar)

“Usted no puede volver a esa casa, ese señor la va a matar”, le advirtieron. Y la mandaron con sus hijos de 10 y 6 años a una casa refugio, donde estuvo cuatro meses. De allí salió con trabajo, pero todavía no había recibido su primer sueldo para pagar el arriendo. Acudió entonces a su hijo mayor, que la recibió por una semana. “Lo siento, mamá, se tiene que ir, porque la dueña de la casa no acepta niños”, le dijo el domingo. Su hija mayor intentó ayudarla, pero no consiguió dónde quedarse. “Mamá, tiene que volver a la casa mientras consigue”, sentenció.

La puñalada final

“A su casa no debe volver”, le habían dicho en la casa refugio. Pero allá llegó con sus hijos. “No tengo dónde quedarme”, le dijo a su marido. “Como la casa es de todos, yo merezco una parte, me quedo en el segundo piso y usted, en el primero. Cada uno paga su comida y hace su oficio”, advirtió. “Claro, mi amor, como tú digas”, respondió él. Y pasaron dos semanas. Alicia se iba a trabajar a las 5 de la mañana y volvía a las 7 de la noche. Llegó el segundo viernes y ese día ella, hablando con su hija mayor, se quedó dormida.

De repente, desde lo profundo del sueño de la madrugada un golpe seco en el cuello la despertó. Cuando abrió los ojos vio a su marido, que por segunda vez se disponía a descargarle una puñalada. Los niños se despertaron. La hija mayor agarró a su papá por detrás en momentos en que Alicia se desmayó. Sus hijos la sacaron como pudieron a otra alcoba.

El hombre la alcanzó hasta el cuarto donde se había refugiado con los niños. “La mato a usted y me mato yo, si no es para mí no es para nadie”, le gritaba mientras les tiraba con el cuchillo. De ese episodio le quedaron cicatrices en las piernas porque intentó defenderse del ataque a patadas.

Estuvo cinco días hospitalizada. A pesar de todo, se siente libre. Del día del ataque recuerda que se miró al espejo, después de que llegó la Policía, y se vio cubierta de sangre. “Por fin soy libre y estoy viva”, dice.

El Tiempo, Bogotá