De la Gaitana a Clara López Obregón

De la Gaitana a Clara López Obregón

Por Jaime Enríquez Sansón   

Eran tiempos de borrasca. Las enfermedades traídas por el conquistador, el efecto de las armas, pero sobre todo la tristeza de ver suplantados sus dioses, su lengua y  sus ancestros, mataron por cientos y miles y diez miles y millones a nuestros abuelos, los legítimos dueños de estas tierras.

¿Los causantes? Los otros: los bandidos barbados, nuestros otros abuelos. ¿La causa? Una sola: la codicia. Del oro, del poder, de la lujuria. De cualquier cosa. Ayer como hoy, corre la sangre por la codicia humana. ¡Hoy como ayer, la sangre del justo abona la parcela para darle sabor al pan!

Mancebo de buena edad era el hijo de la Gaitana. Obedecido de todos, amado de la totalidad, como su madre tenía enorme ascendencia entre yalcones y apiranas. Quiso entonces el conquistador demostrar su poderoso brazo y llamó desde Timaná al mozo. Este respondió con la negativa propia de su rango y de la altivez de su talante causando el gran enojo de Pedro de Añasco. Para castigar el hecho y prevenir futuras desobediencias, en mala hora aprisiona al indiano, le hace conducir ante sí y pese a los desesperados lamentos de la viuda madre, ante sus mismos ojos le hace quemar vivo.

Se lamenta la tierra y se horroriza el cielo; ¡cuán cruel es el conquistador del cristiano mensaje! Seca sus ardientes lágrimas la india altiva y recurre a sus hermanos. Los conmueve apelando a todos los recursos de mujer, de madre, de viuda, de parienta noble y moviliza hasta seis veces mil guerreros.

El combate es terrible y valeroso el hispano. Pedro de Añasco, conquistador y fundador, tiene fuerte el corazón. Si ha sido cruel también es valeroso. Deben rodearlo muchas veces y son hartos los indios sacrificados antes de que puedan reducirlo. Llevado ante la india vuelve el horror a ensombrecer al sol. Dice Pedro Simón: “Dejando correr con la furia que quisieron los extremos de su enojo y venganza esta vieja, lo primero en que los ejecutó fue, como a otro Mario Romano, sacarle los ojos, para con esto acrecentarle los deseos de la muerte; horadóle luego ella por su mano debajo de la lengua y metiéndole por allí una soga y dándole un grueso nudo lo llevaba tirando de ella de pueblo en pueblo y de mercado en mercado, haciendo grandes fiestas con el miserable preso, desde el muchacho hasta el más anciano… hasta que habiéndosele hinchado el rostro con monstruosidad y desencajadas las quijadas con la fuerza de los tirones, viendo que se iba acercando a la muerte, le comenzaron a cortar con intervalos de tiempo las manos y brazos, pies y piernas por sus coyunturas y las partes pudendas… Muerto este capitán hicieron con él lo que con los demás sus compañeros y caballos… cortarles las cabezas y de ellas hacer vasos para beber, desollarlos y llenar de ceniza los pellejos… “.

La brisa era como el aliento de un día tan tierno que aún se notaba niño. Pero no toda la belleza del paisaje puede atenuar siquiera la crudeza de los hechos relatados.

LA COLONIA

Previos a los hechos descritos, la tradición y la leyenda, fundidas en un solo abrazo, nos pintan figuras del mito americano: la princesa a la cual abandona Guáytara para transformarse en el río vengador; las mujeres reunidas en el lago Muypa, una de las cuales, Seucý, dará a luz a Yurupary, el engendrado por la fruta. Mama-Ocllo, la hermana y esposa de Manco-Capac, las cuñantesecuima (las que no tienen marido) que fascinan a Orellana, quien las llama amazonas… en fin, todas las hembras que han permitido la prolongación de la raza y que han dejado su huella bravía, altiva, digna, en nuestro presente.

Las figuras femeninas notables, vigorosas, como talladas a cincel, parecen desaparecer en la Colonia. Por eso no faltan autores que se radicalizan al afirmar: “No hubo una mujer en la Colonia” (1), aun cuando eso no es ciento por ciento verdadero, pues no faltarán para el observador honesto distintas figuras que se destacan aún entre la bruma perezosa de la noche parroquial, aunque como protegidas por la sombra de la espadaña cristiana. El sistema imperante, cierto, ha dicho: la mujer a la alcoba. La mujer a los tejidos, al dechado, a la reproducción, al rezo vespertino, al cuidado del fuego para que jamás se apague, a zurcir y conservar blanca por fuera la ropa del hombre. Y que no intervenga en la conversación de los señores, que no chiste cuando escucha las órdenes, que se doblegue ante la pasión malsana y disimule la ferocidad y el adulterio del macho. Podrá ser la Malinche, qué importa eso. O doña Gregoria de Haro, de cuyo nombre usarán los enemigos de Núñez para burlar su poder y hacer mofa de su fealdad. Pero la verdad, aparte del profundo poder adquirido en la alcoba triste o en el duro lecho del concubinato, es que poco a poco se forja una generación indómita, una especie de raza nueva, de raza aparte: la raza de la hembra libertadora… o mejor, de la mujer libertadora, de la mujer patriota, que no otra cosa serán Apolonia Salavarrieta, Antonia Santos, las mismas Hinestrozas, Manuela la adorable loca y tantas otras sin nombre propio que en el sur pueden llamarse Gualumbas o Guaneñas, pero que en fin de fines posan ahora, con aire solemne, en el amarillento papel de la fotografía en el que veneramos a la abuela.

¡ABAJO EL MAL GOBIERNO!

Y la inconformidad criolla contagiará al mestizaje y su pobrecía. Aun cuando Henao y Arrubla o Justo Ramón escriben largas páginas con verdades a medias e ilustraciones de puro sabor machista, quien lea con honestidad entre esas líneas timoratas de la historia oficial, verá que sólo es un retoque el que da trazos europeos a la auténtica piel zamba de Bolívar a quien por lo mismo llaman “Longanizo” y a la piel mestiza de Páez y de Nariño y al negro forro que cubre los huesos de Petión o la negra Hipólita. Como sea, el grito comunero de los Santanderes o el grito contra los Clavijos en Nariño tiene el mismo ritmo agitado de la sangre rebelde: ¡Abajo el mal gobierno! Y es como si en el aire se prolongara por años y decenas de años el eco de un grito que aún resuena en medio de la alharaca oficial, del sonido de los disparos y de la protesta campesina: ¡Abajo el mal gobierno!

Porque han cambiado los protagonistas pero no las malas costumbres. Las de los de arriba que medran con el trabajo y el sudor ajeno; las de los de abajo que se dejan dominar y vapulear con una indigna paciencia hasta que de pronto estallan para reventar las ligaduras y reclamar por sus derechos.

Pero siempre habrá fogonazos de luz: no otra cosa fue el grito de las indias y mestizas del común, de la Aucú y la Cumbal y sus compañeras en el sur; o la huelga que encabezó en 1920 Betsabé Espinosa para negociar con la empresa Fabricato – la de los hilos perfectos –  un aumento del 40% de los salarios y un acuerdo de 9 horas y 50 minutos de jornada laboral, el suministro de alpargatas y la cesación del acoso sexual por parte de sus jefes o el grito impreso en forma de un Manifiesto firmado por más de diez mil mujeres, procedentes de ocho departamentos de los de entonces, en mayo de 1927: Los derechos de la Mujer Indígena, que en uno de sus apartes decía:

… hoy tenemos el coraje, nosotras, las indias colombianas, que firmamos este documento, y unidas como una bandada de águilas furiosas, lucharemos nosotras mismas por la recuperación de nuestros derechos. Así debiera ser para todas las mujeres de la clase baja del campo, casadas o no, todas perseguidas por el hombre de la civilización. Pero sus leyes no serán cumplidas, porque si los hombres indios, que mucho antes de la conquista, eran dueños de nuestra tierra, no se levantan en contra del orden ilegal e injusto, entonces nosotras las mujeres nos prepararemos y unidas gritaremos ¡No! ¡No!

Y acaso podremos olvidar a María Cano y a las posteriores luchadoras, las mariacanos de distintos puntos del país que apenas con el plebiscito de 1957, al filo de la dictadura, consiguen ser consideradas ciudadanas, mayores de edad, dignas de votar para elegir a quien nos manden.

En 1960, en un saludo que envió a la Organización Demócrata de Mujeres en el Día Internacional de las Mujeres, esta emblemática mujer les dijo:

…Mi voz de mujer estimuló a las multitudes, porque fueron multitudes como ríos las que afluyeron a los teatros y plazas públicas a oír el mensaje de lucha que les llevaba. Extraño, pero más interesante, el hecho de que fuera una mujer la que sembrara esa llama de inquietud revolucionaria por los caminos de la patria. Extraño pero lógico, porque ya la mujer no estaba solamente en la casa, en el pequeño taller y en el campo de cultivo, sino también en las grandes fábricas, en el amplio comercio, en oficinas e instituciones. ¿No es lógico igualmente que la mujer esté con los mismos derechos del hombre en todos los frentes de la actividad económica social y política de la nación? (2)

Mucho, muchísimo más camino han transitado las sucesoras de la Gaitana. Cientos y miles de mujeres perdidas en el anonimato: esposas, compañeras, mamás (porque “madres” es un eufemismo), hermanas, viudas, huérfanas. Humilladas y ofendidas pero a pesar de eso, a pesar del látigo indignante de la esclavitud doméstica, cada día más dignas, más altivas, con mayor decoro y por tanto con mayor valor. Y si nos enorgullecemos de nuestra mamá, si estamos dispuestos a dejarnos partir la cara por nuestra esposa o compañera, a privarnos de un mendrugo o de una hora de sueño por nuestra hija; ¿por qué no permitir que una de ellas nos gobierne? Si nos han sabido criar pese a nosotros mismos, ¿no podrán gobernar bien nuestro país, pese también al machismo a ultranza y a las ciegas ambiciones también de nosotros mismos?

CLARA LÓPEZ OBREGÓN

La biografía de esta mujer insigne de los tiempos actuales se defiende sola. No es necesario transcribirla. Mejor es ver en sus rasgos y leer en sus escritos y escuchar sus palabras. Porque en la encrucijada colombiana marcada por la presión del norte y del banco mundial de donde nos viene el precio del café, el remedio aún no hallado contra el sida y el sida mismo, la antirreforma constitucional, la contrarreforma universitaria, la neorreforma económica, la véterorreforma agraria, la opiorreforma religiosa, la descrestorreforma urbana y todas las cuasirreformas con las cuales nos quieren embrutecer, ha sonado la hora de la reivindicación de la mujer, del pueblo, de la raza mestiza: la hora de la Colombia nuestra, la que grita y repite: ¡Abajo el mal gobierno!: la Colombia legítima cuyo emblema empezó a dibujarse en la desesperación de la Gaitana y se bosqueja definitivamente en las mujeres actuales sintetizadas en Clara López Obregón.

1. Vitale, Luis. Historia de la Mujer  Latinoamericana, Editorial Tuerca, Cali, 1978, Pág. 24.

2. Torres Giraldo, Ignacio. María Cano mujer rebelde. Editorial La Rosca, Bogotá, 1972.

Pasto, Altos de la Colina.

Deja un comentario